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VIAJES, ESPAñA: BURGOS

Frías, centinela del río Ebro


Autor: VIAJES, suplemento de elmundo.es
Al borde del páramo burgalés, 800 años vigilando el curso del Ebro, la ciudad de Frías es la más pequeña de España con tal título, y una de las que poseen más belleza e historia

Valle tan hermoso y fecundo como el de Tobalina debió de necesitar desde el principio —la gente que en él vivía— un castillo seguro y fiero para su defensa. Embridada la fuerza entre los embalses de Cillaperlata y Sobrón, por ese camino de las merindades antiguas discurre placentero y apacible, lento y ya engordado, el río de los íberos, ...
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JESÚS TORBADO

... entre los árboles y las rocas del páramo burgalés. Y allí, a la vista del prodigioso torreón en equilibrio, tropieza el agua con uno de los puentes más bellos de España; lo llaman Mayor y Romano, aunque es gótico, pero se sospecha que existiera ya, él mismo o un antepasado, antes del siglo XII, la fecha con que se data su asentamiento. Es puente de los que llaman de lomo de asno, de afilados tajamares pétreos y nueve ojos puntiagudos, y no ha perdido su vigorosa torre prismática, con el matacán que asoma, aunque sí huyeron ya los soldados y aduaneros que defendían y cobraban el paso, esa puerta de las riquezas de la Bureba, pasada la sierra de Oña.

El puente dorado y la jugosa vega son aviso de que la ciudad de Frías, tan arracimada en lo alto de la Muela, a 80 metros sobre el río, y tan pequeña, es uno de los poblados más singulares de toda esta parte septentrional de Castilla. Tiene hoy apenas tres centenares de habitantes, pero sigue siendo cabeza de ducado, con duque en activo, y un castillo inverosímil, agarrado a las laderas de un agrio y escarpado peñón: estampa fundacional y fundamental de este viejo reino, hoy tan mal apreciado.

RETAZOS DE HISTORIA. Y si escasos son los vecinos —salvo en verano, cuando acuden miles de huéspedes a orearse en el espléndido cámping junto al río, a enternecerse en la larga y única calle que corre por el alto espinazo—, muy larga y rica es la historia. Ahora, la que es ciudad titulada desde 1435, por disposición del rey Juan II, quiere celebrar el aniversario de los ocho siglos de sus fueros como para explicar que no sólo tuvieron fueros los que hoy tanto alardean de los propios. Los vecinos de antaño ya disputaron mucho cuando el rey los entregó a la casa de los Velasco y cuando Felipe V les quitó más tarde su preeminencia —la ciudad tenía jurisdicción entonces sobre 45 aldeas— en beneficio de los monjes rapaces de Oña. Hoy con razón se presentan como dueños de una historia llena de historias y de uno de los centros turísticos más acogedores y amenos de la meseta.

Su insignia principal, una síntesis evidente de esta apretada ciudad, son las piedras que restan de su viejísimo castillo. Quienes lo construyeron, entre los siglos XII y XV, debían de tener un espíritu ambicioso y enrevesado. La torre del homenaje sigue después de 600 años asentada en el pináculo del peñasco carcomido y agrio, como un gigantesco dedo de piedra que, torciéndose a la izquierda, apuntase al cielo. La estampa es aterradora, especialmente si se mira desde los faldones orientales de los arrabales que por abajo abrazan la muela, tres barrios cristianos –Castellanos, San Vitores, San Juan— y uno que fue judío, allí desde donde parece que la erguida torre se burla de los reglamentos gravitatorios. Desde el interior de la fortaleza, que ofrece aún varios paisajes de interés, no se aprecia con tanto estupor ese raro equilibrio del torreón ducal. De todas maneras, el menos imaginativo de los viajeros intuirá lo bien guardado que estaba el señor, metido en esa cámara tan ardua de vencer.

DESCUBRIMIENTOS. El casco de la ciudad, como se ha dicho, no es sino una larga, indecisa y hermosa calle flanqueada de casas muy nobles, varias del siglo XVI y colgadas, alguna tan espectacular como la de las Mayorazgas y otras con llamativos adornos: balconadas de madera, solanas, orgullosos aleros, escudos, puertas claveteadas... Asomándose a sus bordes pensaría uno que todo ese venerable entramado arquitectónico puede deslizarse hacia el pequeño río Molinar, que sestea por el valle inferior en busca del cercano Ebro.

Al final de esa calle principal, en el otro borde del recinto fortificado, asoma la tierna estampa de la iglesia de San Vicente, que tiene origen románico y cuya formidable fachada está en The Cloisters neoyorquinos, en una punta de Manhattan, adonde fue llevada con otras reliquias españolas cuando en 1904 se hundió la torre del templo.

Como ciudad vieja, Frías, aunque perdiera los cultivos de vino y fruta, ha sabido guardar en el saco de sus historia no sólo llamativas y populares arquitecturas y ruinas honrosas, sino costumbres viejas y usos de antigua tradición. El llamado baile del Capitán, que se practica el día patronal de San Juan, o sea el 24 de junio, recuerda el pasmo y la furia de la gente contra los feudales Velasco, que eran amos de muy vastas comarcas aledañas. Esas comarcas, pequeñas villas y pueblos, son hoy tentación muy grata para quienes deseen moverse entre estos meandros del río Ebro. Muy cercanos quedan la soberbia y hoy jesuítica Oña, los roquedos a cuyo pie se tiende Poza de la Sal, Medina de Pomar más al norte (con su estruendosa fortaleza de los mismos Velasco), Santa Gadea del Cid y, en fin, muchos de los amenos paisajes parameses y del gran río.

Epicentro de estos bravos territorios burgaleses, como su propio insólito y furioso torreón, la ciudad de Frías, que es sin duda la más pequeña de España con tal título, esa hilada de hermosas fachadas que se asoman al abismo entre el castillo y la iglesia, se afirma sin vacilación en los ocho siglos de historia nobiliaria, como si el dedo de su prodigioso torreón señalase el futuro del cielo.

DATOS

Geografía: La ciudad de Frías está situada al norte de la provincia de Burgos, en la orilla derecha del río Ebro, entre las sierras de Pancorvo y Oña.
Población: Cuenta con 317 habitantes.
Clima: Frío en invierno, con fuertes heladas, pero registra temperaturas muy agradables en verano, lo que explica la abundante presencia de visitantes.

GUIA

Cómo llegar
Se puede acceder a Frías por la autovía E-5 (Nacional I), con salida en Pancorbo a la N-232 y luego por la BU-520. O bien desde Miranda de Ebro, río arriba a través del hermoso valle de Tobalina, por la A-2122 (BU630).

Alojamiento
Hostal Duque de Frías, en el casco urbano (Tfno: 947 358 743). Casa rural Pili (Tfno: 947 358 565). Cámping de Frías, junto al río Ebro. (Tfno: 947 357 198).

Gastronomía
Las especialidades son las morcillas de arroz, el cordero asado, con vinos de la cercana Ribera del Duero.

Restaurantes
Se puede almorzar o cenar en el restaurante Duque de Frías, el restaurante Ortiz (Tfno: 947 357 067) o el bar El Chato (Tfno: 947 357 069).

Visitas
El castillo abre todos los días durante todo el año. La entrada cuesta 0,6 euros.

Información
La Oficina de Turismo sólo está abierta en verano. (Tfno: 947 358 011).
Ayuntamiento: 947 358 761.
Para saber más, es muy completa la obra Frías, Ciudad de Castilla, de Inocencio Cadiñanos Bardeci (Ed. Del Ayuntamiento, 1991)

Fuente: VIAJES, suplemento de elmundo.es
Articulo original en: Viajes Nº:06 Frías, centinela del río Ebro

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COMENTARIOS
    Marcela, 06-09-2010
    Recomiendo que los visitantes hagan una parada en el Bar El Chato, por su buena comida, y deliciosos postres caseros. Es mejor hacer reserva o no acudir demasiado tarde por su abundante demanda en verano o dias festivos.

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